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Descontando las condiciones meteorológicas (viento, temperatura y humedad relativa), que son determinantes en la propagación de incendios, la probabilidad de incendio depende fundamentalmente de la cantidad de vegetación potencialmente combustible (la biomasa) disponible y de su continuidad vertical y horizontal. También el tamaño del combustible es determinante: la biomasa fina es más combustible que los troncos grandes. En este sentido la distribución de la biomasa en el espacio en un factor clave: grandes extensiones homogéneas de masas jóvenes y muy densas son altamente inflamables, así como estructuras verticales continuas, en las que el fuego pueda pasar del suelo a las copas.

En los rodales maduros se dan varias circunstancias que atenúan el riesgo de incendio respecto al resto de bosques más jóvenes (y frecuentemente sin gestión). Por una parte las características del combustible: en general la vegetación de los rodales maduros retiene una mayor humedad por lo que es menos combustible que los matorrales pioneros, y la madera gruesa en descomposición es también muy mal combustible. Por otra, la heterogeneidad espacial, tanto en la vertical como el la horizontal (con claros y aperturas del dosel) representan discontinuidades que dificultan el avance de un eventual incendio. Se puede afirmar que las características estructurales (continuidad horizontal y vertical y tamaño de la biomasa), botánicas (mezcla de especies leñosas, presencia de mesófilas) y topográficas (aislamiento, poca frecuentación) les confieren una mayor resistencia a los incendios forestales.  

Por último, la mera presencia de rodales maduros o viejos es la muestra de su mayor resiliencia a los incendios: muy a menudo se trata de enclaves que por su peculiar orografía han resultado indemnes a los incendios a lo largo de la historia.

 

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